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27.09.09 -

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El rector Ignacio Jiménez Raneda reclamó el pasado viernes, durante su discurso con motivo de la apertura del curso, más apoyos para impulsar ¨la marca¨ ciudad de Alicante. Institucional como procede en este tipo de solemnidades, el máximo responsable de la UA hizo como que no se daba cuenta de que el auditorio que tenía enfrente en el Paraninfo del campus situado paradójicament en San Vicente, era una representación gráfica, más que de esa marca, del estigma que soporta la institución académica desde hace años. La notoria ausencia de representantes de organizaciones empresariales y de la Administración pública puso de nuevo de relieve algo a lo que el propio rector aludió quitándole hierro: la ciudad sigue viviendo de espaldas a su universidad.
El hecho de que no acudiera a la cita un puñado de empresarios y políticos más o menos relevantes no constituye un drama, pero tampoco resulta baladí. Sobre todo en momentos como los actuales, en los que la trilogía investigación, innovación y desarrollo resuena como un mantra en la boca de aquellos que dicen apostar por el conocimiento como fórmula magistral de cara a la salida de la crisis y a un posicionamiento posterior que evite la repetición de errores o, al menos, la atenúe.
Mientras en Castellón el conseller de Educación Alejandro Font de Mora inauguraba un centro con ínfulas de universidad internacional con 152 profesores para cincuenta alumnos, en Alicante el rector Jiménez Raneda, curtido como sus compañeros de las universidades públicas en la sangrante, ya que no sangrienta, batalla de la financiación y en la procelosa puesta en marcha del Plan Bolonia, volvía a pedir la ayuda de la sociedad civil y de las instituciones públicas para que la entidad que preside cumpla los objetivos para los que fue creada.
Era una solicitud exenta de victimismo, pero los presentes pudieron percibirla como un reproche. Claro que a lo mejor incluso los que la oyeron no la escucharon. Es lo que ocurre cuando el mismo mensaje se repite año tras año: el receptor desconecta automáticamente y tiende a viajar mentalmente a ese limbo cuya fauna tiene en la musaraña su más genuino representante.
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