Alicante
Como Encarna hay cientos de personas venidas no sólo de la provincia sino de otros muchos puntos de España o de Europa para presenciar esta particular procesión. El temor a la lluvia tras el chaparrón del martes al mediodía se transformó en la tarde de ayer en alegría cuando los santacrucinos enfilaron las cuestas, después del popular almuerzo en el barrio, hasta la ermita. Se preparaban para sudar la gota gorda. Así fue.
La expectación creció a partir de las seis de la tarde. A esa hora no cabía un alma ni en la calle San Antonio ni en San Rafael. La amplia y tradicional plaza del Carmen era ayer más pequeña que nunca. Las callejuelas empinadas parecían tener un mayor grado de elevación. Los gritos de júbilo y los intentos por tocar a los pasos fueron constantes durante la bajada. El alboroto se llenó de lirismo cuando Antón Moreno entonó sus saetas desde uno de los numerosos balcones repletos de gente. También lo hizo José de la Tomasa.
La Hermandad de Santa Cruz se enfría cuando abandona el barrio. No es que haya relajamiento sino que ya no es lo mismo. El paso por el centro de Alicante se hizo con orden pero las dificultades de la bajada fueron las mismas que los costaleros se encontraron al subir a la carrera los pasos del Cautivo, el Gitano, el Descendimiento de la Cruz y Nuestra Señora de los Dolores.
El final, como todos los años, fue el más esperado. Al grito de "¡Santa Cruz! ¡Santa Cruz y nadie más! los pasos subieron con las dificultades propias de una cuesta prolongada pero con la pasión, la fuerza y la fe que sólo los costaleros santacrucinos saben poner en la procesión.
















