En 1964 fue reconocida como Conjunto Histórico Artístico y en 1986 se declaró Reserva Marítima. No es eufemismo afirmar que todo parece detenido en el tiempo; desde el puerto viejo, con redes secándose y barcas abandonadas, hasta la muralla que Carlos III mandó construir en 1769 empleando sillares de la cantera isleña. Fue en esa fecha cuando el monarca decidió rescatar a las 69 familias genovesas que en 1741 habían apresado los tunecinos en la isla de Tabarka (perteneciente a la Corona de Aragón); y los liberó para que poblasen la isla de Santa Pola, llamándose a partir de entonces Nueva Tabarca, en recuerdo del lugar de origen.
Con criterio racional, se trazó un plan urbanístico para formar cuadrículas, baluartes, bóvedas subterráneas y cisternas, que sorprenden al visitante interesado por la arquitectura. Hay que contemplar las puertas de San Miguel, San Gabriel y San Rafael, así como la plaza Grande y la iglesia de San Pedro y San Pablo; templo barroco de una sola nave sin crucero, con altar mayor y ocho laterales.
El núcleo urbano, donde se ha respetado la altura de las fincas, conserva ese ambiente apacible de las casas con ventanas que guardan la intimidad con visillos de ganchillo. Todo es entrañable.
Y, naturalmente, después del recorrido, se impone el zambullirse en esas aguas transparentes, únicas, y nadar para adentrarse en la zona donde se descubren estrellas, erizos y caracolas.
Proliferan los restaurantes en los sitios estratégicos frente al mar; comedores que se anuncian en impresos con el mapa de la isla, exacta señalización y lista de menús y precios; folletos que entregan al visitante tan pronto como desembarca. La oferta gastronómica es de una gran variedad, destacando el caldero de 'gallineta' o de cabracho y la caldereta de langosta. En fin, antes de presumir 'de crucero', hay que alardear de conocer Tabarca. Sea original.







