Para muchos alicantinos, Tabarca, es un caldero. Un día de calor, en verano, la familia decide ir a la isla, se encarga el caldero, se bañan los niños en la playa y, a ser posible, antes que después, nos volvemos para Alicante, o Santa Pola.
Los hay también que tienen barco, barco de verano, para ellos Tabarca es como una aventura, como esa travesía marítima, a la que se invita a los allegados y luego, después de vacaciones, se cuenta en voz alta. Estos últimos se suelen tomar el caldero a bordo, no bajan a la isla, se dan un baño rápido y se van.
De una manera, u otra, para muchos de nosotros Tabarca, al fin y al cabo, es una especie de objeto desechable de los de "usar y tirar" en verano, y del que después nos olvidamos el resto del año. Tabarca es también una especie de icono, que existe sólo en verano, que utilizamos a conveniencia, porque tiene un punto exótico, un encanto, nos divierte o, nos aporta una cuota de seducción con arreglo a nuestros propios intereses. Después, pasada la época estival, si te he visto, no me acuerdo.
Bien, allá cada uno con sus preferencias. Nos gusta más, o no gusta menos. A nadie se le puede obligar a que se entregue en cuerpo y alma a una tierra, a un territorio, a una isla, tan siquiera a un rincón tan especial como es Tabarca.
A nadie salvo a quién tiene la especial responsabilidad de cuidar y proteger dicho territorio, tan alicantino, tan valenciano como la misma plaza de la Virgen o la Explanada de España. Y esa responsabilidad no tiene plazo, no es una cuestión estival, se prolonga, se debe prolongar todo el año.
Y no hay otros destinatarios posibles que el ayuntamiento de Alicante y la Generalitat Valenciana, los mismos que, secularmente, han olvidado, han hecho oidos sordos y se han dado la vuelta, ante las reivindicaciones legítimas de los habitantes anuales de la isla.
Tengo una amiga francesa, se llama Regine, que desde hace muchos años, cuando compró una casa en la isla, inició un particular contencioso pidiendo de las autoridades, alcalde de Alicante y Honorable President de la Generalitat, unas condiciones mínimas de calidad de vida, como se presumen en el resto del territorio de la Comunidad.
Han pasado muchos años, muchos, ni el señor Luis Díaz Alperi, ni el señor Francisco Camps, han acertado con una repuesta sensata y menos, con hechos palpables que hayan mejorado la calidad de vida de los habitantes de la isla Tabarca.
La isla padece toda clase de carencias respecto al cuidado del entorno, la limpieza, el arreglo de calles: el Plan Especial está "desaparecido".
Pero lo que llega a preocupar más profundamente es la falta de un servicio sanitario mínimo durante las veinticuatro horas del día. Ante cualquier urgencia, a partir de las ocho de la tarde, nadie sabría que hacer. Si no hay salud, no hay esperanza y tampoco futuro. Ahora, en campaña electoral, en tiempos de promesas y sloganes, a los tabarquinos parece que le ofrecen el siguiente: "Cierren en invierno, abran en verano. El caldero lo único importante".







