Casta, la de La Bejarana, ha muerto. En estos extraños días de puente, este tipo de disgustos corren de boca en boca y provocan que los teléfonos móviles empiecen a sonar como si fueran despertadores en las oficinas, en los cines, en los pubs. Casta Rodríguez Revuelta nació en la salmantina Béjar. De ahí el apodo con el que tanto le gustaba que le llamaran. De hecho, el pub que abrió con su particular estilo en la calle Quintana de Alicante llevaba este nombre.
Casta era una mujer emprendedora, una luchadora que marcó con nombre propio, el suyo, una época de la hostelería alicantina. Lo hizo de manera muy personal. Hay pubs, cafeterías, bares o restaurantes pero son pocos los que tienen un reclamo personal, el de las cosas bien hechas, bien presentadas, como un encanto propio, diferente al de los demás. Ese tipo de lugares donde la gente va porque está a gusto, como en casa, sin necesidad de reclamos chillones, donde el histórico café se encuentra con el pub. Ese punto intermedio que gusta a tantos pero que muy pocos saben descubrir el punto, el estilo, el cuidado equilibrado para lograrlo.
Los comienzos de Casta en Alicante se remontan a su trabajo en Casa Domingo, el popular chiringuito de la playa de San Juan, un histórico de los arroces a pie de arena. Después se fue a una empresa de magdalenas, cuyo propietario también lo era del chiringuito. También estuvo en el hotel Castilla hasta que, una vez que consideró tenía la experiencia necesaria, optó por un negocio propio y se lanzó con La Bejarana, un café-pub distinto porque tenía el glamour y la gracia que la personal mano de Casta le daba. En medio del ramillete de recintos chillones que apelan antes al jolgorio que a la paz, el establecimiento de Casta era un lugar recoleto, propio para la charla, la tertulia y para flirtrear también, cómo no.
Durante cinco años, Casta y Mari Carmen gestionaron el restaurante De Cuchara. También en la calle Quintana. Pero fue un paréntesis, porque pasado ese tiempo volvió a su rincón preferido, que estaba en realidad a tiro de piedra del restaurante. Siguió con sus cócteles y sus cafés, sus güisquis y sus ginebras y Mari Carmen continuó con el restaurante de platos calientes, de cuchara como su nombre indica, pero con su particular toque asturianín. Con la muerte de Casta desaparece una persona especial que supo, mucho mejor que nadie, crear un estilo propio, un rincón personal para tomar una copa sin estridencias, con calma. Un lugar donde era posible pasarlo bien, incluso muy bien, sin necesidad de gritos ni de saltos. El rincón era un lugar con personalidad en una calle, Quintana, que hace ya mucho tiempo perdió la fuerza propia de ser un referente del comercio alicantino, después de que hace más de treinta año el mercadillo de los martes, jueves y sábados se fuera a Campoamor. Es verdad que quedan muchos comercios tradicionales pero la calle Quintana ha quedado muy lejos de lo que fue. Por eso, abrir un café en esa zona parecía arriesgado, pero puede que sea porque no lo abrió ni fulano ni mengano, porque lo abrió y regentó Casta haya funcionado tan bien.
La Bejarana no era un lugar de grandes aglomeraciones, ni tampoco de fiestas gloriosas, pero era un punto especial para la oferta hostelera de Alicante donde el bienestar, el gusto por tomar una copa se cogía poco a poco, con delicadeza, con calma. Quizá por eso Casta, la de La Bejarana, se ha ido en silencio, en medio de un largo puente. ¡Ay, cuanto te echaremos de menos!







