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El embrujo de Terele

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El embrujo de Terele

Dice que es «la nueva señora de Goya». Para Terele Pávez la vida y ser actriz son lo mismo: «Un melón que hay que apurar hasta el final»

16.02.14 - 00:57 -
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Ha vivido al límite. Es una superviviente y todo eso está sobre el escenario». El director de cine y teatro Gerardo Vera extrajo de Terele Pávez la mejor 'Celestina' que se ha hecho jamás. Por eso se le agotan las palabras cuando tiene que definir a esta actriz tan rotunda y dramática como huidiza. Una mujer que ha hecho de estar en los márgenes de todo una forma de vivir y de actuar. A Gerardo le tocó este miércoles recoger a la persona que estuvo tres días flotando por Madrid con su recién estrenado título («ahora soy la señora de Goya», bromea ella) y devolverla a la realidad para seguir representando 'El cojo de Inishmaan' en el teatro Infanta Isabel de Madrid, junto a Marisa Paredes e Irene Escolar.

La obra trata de cosas muy cercanas a esta actriz nacida en Bilbao (1939). Una historia sobre la crueldad y la ternura de las vidas pequeñas, esas que necesitan a grandes actores cuando se llevan a un escenario. A su lado, la joven promesa Irene Escolar no sale de su asombro. «Tiene la vida en la cara. Ha vivido tanto que eso le hace ser la actriz que es. A veces parece que nada le puede herir. Es lo contrario. Todo es dulzura».

La Pávez sabe mucho de todo esto y no lo ha aprendido en ninguna escuela de interpretación. A veces, la vida se ha confundido con uno de sus personajes, como cuando, hace seis años, su imagen junto a un mendigo entre cartones hizo temer su definitiva caída. Ella lo negó sin ocultar su tremendo cabreo. «Es falso. Jamás he pedido por ahí. Era un amigo de la calle al que fui a darle un bocadillo y me quedé dormida». En todo caso, Gerardo, el que mejor la conoce cuando sube el telón, la explica incluso mejor que ella. «No tiene método. Pregunta algo y después construye su papel como ha construido su vida: con verdad, ilusión y al máximo». Ahora encadena películas y estrenos teatrales y la noche del domingo se ganó la ovación del cine español cuando Javier Bardem le entregó su primer Goya por 'Las brujas de Zugarramurdi'. Pero en seis décadas de carrera no siempre fue así. Ha hecho falta todo este tiempo para que la escena se rinda a los méritos de esta mujer intermitente que siempre tuvo miedo al precio del éxito. Temores que le han llevado a vivir a trompicones (Terele los llama «lapsus») pero que le permitieron estar más en su sitio, «ser más persona que actriz».

Cuando Teresa Marta Ruiz Penella vino al mundo, las balas fratricidas de la Guerra Civil habían dejado de sonar cuatro meses antes. La genética parecía destinarla, tanto a ella como a sus dos hermanas, a no pasar desapercibidas. Un flujo sanguíneo mezcla de política y artisteo. Su padre, Ramón Ruiz Alonso, que fue diputado conservador por Granada, ya tiene un lugar en la historia al ser el hombre que acudió a la casa del poeta Luis Rosales para llevarse a Federico García Lorca. Una 'cicatriz' que dejó huella. Sus tres hijas optaron por el ascendente de su madre, Magdalena Penella, hermana de la cupletista Teresa Silva. Nietas y bisnietas de grandes compositores.

Terele fue la última en llegar y, por tanto, en elegir. La mayor decidió ser Emma Penella (fallecida en 2007). La intermedia apostó por Elisa Montés (en honor a la pieza 'El gato montés' que compuso el abuelo). Así que Terele tuvo que remontarse al segundo apellido de la abuela materna (Emma Silva Pávez), de origen chileno. Esa dispersión patronímica no impidió sendas carreras de éxito a pesar de la oposición paterna. Ramón Ruiz era conservador hasta la médula, aunque Terele es la única que, con la distancia de los años, se atrevió a hablar del «buen padre» que fue el dirigente fascista

«Aquí estamos, señorito Pedro, para lo que guste mandar». Su Régula de 'Los santos inocentes', esa madre coraje, humillada, con la Niña Chica en brazos emitiendo berridos inhumanos, parecía recuperar hace ahora 30 años a una actriz que se había perdido por los vericuetos de la vida real. El rodaje en tierras extremeñas fue muy sufrido para su director, Mario Camus, advertido de las 'espantadas' de la actriz. Pero también fue una demostración de la calidad de su 'no método'. «Ella misma buscó el fondo del personaje, yo no tuve que decirle nada», rememoró él.

Todo y nada

Aunque a los 12 años ya estaba delante de la cámara de Luis García Berlanga ('Novio a la vista') y en teatro reclamaban su imponente físico y su chorro de voz Miguel Narros o Adolfo Marsillach, la suya fue siempre una carrera intermitente. Con su Goya en las manos, los ojos en lágrimas, ella se justificó ante el cine español en la noche del domingo. «Nunca tuve metas. Solo quiero ser de esto. Siempre he trabajado... De vez en cuando... pero he trabajado». La carcajada general era el guiño cómplice de la profesión a un camino de libertad con todas sus consecuencias. Capaz de recorrer las calles de Madrid un día con aires de diva y otra vestida con un chandal raído, Terele fue una más de aquella particular 'gauche divine' que quemaba las tardes-noches entre el café Gijón y la sala Bocaccio. Una de las pocas mujeres aceptadas en la legendaria marginalidad bohemia madrileña, en un tiempo que los convertía en 'sospechosos habituales'. Cuando se le pide que refresque la memoria, admite que «simplemente escogimos vivir como queríamos».

De aquellos años «sin pensar en mañana, como un melón que, una vez que abres, hay que apurar hasta el final», surgió su fruto más estable. Lo que el empresario teatral Enrique Cornejo (que ha producido dos de sus últimas obras) llama «el hombre de su vida»: su hijo Carolo. No era mujer de estabilidades y eso también alcanzó a sus parejas. De una de ellas, el editor José Benito Alique (fallecido en 2008 y del que hoy es viuda la exministra socialista Cristina Alberdi), nació Carolo. Nunca se han separado y en la gala de los Goya, las lágrimas de los dos contagiaron al auditorio. «Todo esto, por una sonrisita tuya», acertó a decir ella.

Carolo sobrellevó desde la más tierna infancia un destino tan particular. Su madre rechazó la oferta de su hermana Emma de criarlo junto a sus primos (una parte de la saga Ozores) y el niño se acostumbró a crecer entre pensiones, bambalinas, descansos de rodajes o el guardarropa de alguna 'boite'. De mayor recordaría más de una vez el trauma infantil de ver a su mamá morir en el escenario. Miedos que no le han impedido desarrollar un discreta carrera como actor y figurinista. Aunque su verdadera profesión es ser hijo de su madre con la que vive en el piso que les regaló la Penella que, además de un 'colchón' para los tiempos más duros, fue para Terele «mi principal referente». Solo los muy cercanos saben el peso que Carolo ha jugado en la enésima resurrección de su madre. Un hombre a punto de cumplir los 40, entregado a ella y capaz de alegrarle la noche a una vendedora callejera de rosas para comprarle todo el género y cubrir a su madre con él, como hizo cuando triunfó en el estreno de 'Madre Caballo' (1998).

Pero además de a su hijo, el regreso definitivo de Terele Pávez se lo debe a Gerardo Vera y Álex de la Iglesia, dos directores que no hicieron caso a la mueca de sus productores cuando pronunciaron su nombre y escucharon el sempiterno «es una mujer difícil». Cornejo coincide con ese perfil de «mujer que siempre impone, pero que hace la vida fácil cuando hay que trabajar con ella». La apuesta de Vera cuando le ofreció 'La Celestina' (1996) parecía más lógica, aunque ella «no hizo amago de ilusión y colgó el teléfono». Más loca fue la obcecación de Álex de la Iglesia. ¿El resultado? «Es la tercera vez que estoy aquí por tu culpa», le recordó al director bilbaíno.

Otra vez a contracorriente, mientras la tiranía de la cámara va retirando a actrices mucho más jóvenes, Terele Pávez vive a sus 74 años lo que su actual director llama «el gran estreno de su vida. Todo lo anterior ha sido un 'tráiler'». La profesión espera que aquellos temores suyos a que el triunfo como actriz estropeara a la persona, no le hagan sucumbir ahora que sí está en su «momento cósmico». Fiel a sí misma, la actriz no duda en el compromiso que ha marcado su vida delante y detrás de la escena. «Sabiduría para sentir y alegría para transmitir».

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