Horas antes de que millones de tomates se lanzaran por el cielo de Buñol, vecinos y turistas llegados de todo el mundo abarrotaban la población, preparándose para sumergirse en el río teñido de rojo en el que transformaron las calles. Ayer era último miércoles de agosto, y como viene ocurriendo ese día desde hace 67 años, miles de personas participaron en la Tomatina.
Pasadas las ocho de la mañana ya se contaban por cientos los congregados en torno a la plaza del pueblo. En el resto de calles de la localidad, las casas y los comercios ambientaban la jornada festiva con música a todo volumen. En la calle del Cid, por donde transitan los camiones con más de 120 toneladas de tomates, la melodía la ponían de viva voz los propios participantes de la fiesta.
Media hora más tarde el tradicional preludio del tomate hacía su aparición en una calle ya prácticamente inaccesible. Al grito de «agua, agua» los vecinos respondían lanzando desde sus balcones cubos de agua que los congregados agradecían dado el calor que se generaba debido a la muchedumbre y al aumento de la temperatura.
Cocodrilos, tigres, perritos calientes y cocineros se convirtieron, entre otros muchos, en los protagonistas de la fiesta. Los extranjeros han comenzado a cambiar las habituales camisetas diseñadas para la ocasión por una indumentaria más peculiar: los disfraces, que cada año están más presentes y son más característicos.
Después de la tormenta de tomates pocos atuendos quedaron a salvo pese a que los participantes novatos no escatimaban en prevenir el aluvión con los ya habituales gorros de piscina y gafas de bucear. De poco les sirvió. El rojo Buñol tiñó a todos.
El primer acto de la jornada festiva tuvo lugar a las 10 horas, cuando comenzó el concurso del 'palo jabón', en el que se trepa por un palo de madera embadurnado con jabón para conseguir el jamón que lo corona.
Con total puntualidad, a las 11 horas, se lanzó el chupinazo que da inicio a la Tomatina. Los cinco camiones avanzaban lentamente entre el gentío, por lo que los vecinos, impacientes, fueron los primeros en entrar en acción lanzándose tomates de una casa a otra.
El primero de los camiones ya se vislumbra al final de la calle. Los gritos no dejaron lugar a dudas. «Tomate, tomate», pedía la multitud. Las 30 personas subidas en el primero de los cinco camiones que transportan más de 20.000 kilos de tomate cada uno, llegan a las 11.20 minutos a la plaza de Buñol. Por delante 40 minutos más de batalla y entretanto el agua no cesa. El calor aprieta cada vez más y entre camión y camión vuelven a pedir desde tierra que caiga agua.
Pese a la veteranía de la Tomatina, la reina de las fiestas de agosto en toda España, siempre se localizan novatos. «Es la primera vez que vengo y al principio iba con cuidado para no mancharme demasiado, pero cuando ha acabado tenía ganas de rebozarme por el suelo», dice Arancha, una joven que vino ayer a Buñol con unas amigas. La excusa: que una compañera gallera conociera de primera mano los tomatazos.
Después de mil lanzamientos, un río de salsa baja por la calle y, como si la 'batalla del tomate' no hubiera existido, a las 12 horas del mediodía, y tras el segundo chupinazo que pone fin a los 60 minutos de batalla, vecinos y servicios de limpieza comienzan a desalojar la zona para dejar deslumbrante el municipio en poco más de una hora.
Cientos de participantes se resisten a abandonar el gigantesco charco de tomate que ha dejado la guerra sucia. Como si de una piscina de agua cristalina se tratase, y por si su ropa no estuviera ya suficientemente teñida de rojo, la gente se afana por encontrar un hueco sobre el que dejarse caer.
Si en la calle del Cid las mangueras colocadas por el Ayuntamiento comienzan a rociar las paredes de las casas y los plásticos que cubren los balcones de la localidad, los participantes también necesitan darse una ducha. Como marca la tradición, los buñolenses despliegan entre las estrechas calles aledañas a la plaza del pueblo mangueras desde sus hogares para dar a todos un buen remojón. Ya en las avenidas, el Consistorio riega a los más remolones.
A las afueras se ha trasladado ahora la acción, donde la música vuelve a sonar y gran parte de los asistentes aprovechan para reponer fuerzas con un buen bocadillo. Decenas de autobuses esperan para recoger, sobre todo, a grupos de extranjeros llegados de Japón, Nueva Zelanda o Canadá. Buñol va recuperando su ambiente habitual después de quintuplicar por primera vez su población en una fiesta de récord que supera todas las previsiones. La Tomatina superó ayer los 50.000 participantes, según el concejal de Comunicación, Rafael Pérez. Larga vida al rojo Buñol.



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