El mundo del fútbol amanece entre lágrimas el mismo día en el que uno de sus entrenadores más queridos comenzaba a labrar un nuevo sueño, el del ascenso del Villarreal. El repentino fallecimiento de Manolo Preciado ha teñido de luto el despertar del deporte. Se ha producido justo cuando empezaba de cero de nuevo, y arrancaba una nueva vida al frente de un equipo abatido por su caída a Segunda, dispuesto a levantarlo, a devolverle su fuerza. Una oportunidad perfecta para trasladar al césped la propia esencia personal del técnico, ese espíritu combativo de caerse y volverse a levantar, de no mostrar flaqueza ni ante la muerte ni ante la pérdida si se mantiene la dignidad.
El fichaje se anunció ayer, pero no le ha dado tiempo al profesional cántabro a levantar al submarino amarillo. El entrañable extécnico del Sporting, uno de los más reconocidos del fútbol español por su honestidad y continua superación, ha sido preciado hasta su último aliento, y lo será siempre. A la memoria acude aquella rueda de prensa de febrero, en la que el histórico presidente del Sporting, Manuel Vega-Arango, le despidió entre lágrimas, oficializando lo que fue la comidilla, el cese de un Preciado sentenciado por los malos resultados del equipo. Hasta entonces, fue el técnico más veterano en un banquillo de Primera: seis temporadas seguidas. Al despedirle, el presidente intentaba contener las emociones pero no podía. Perdía a un hijo. "Te despido con el corazón. Te despido con pena". Preciado aguantó el tipo, y es que la vida ya le había dado entonces suficientes tortazos como para recubrirle de cal. "Las cosas siempre tienen un final, un punto y aparte. Me voy agradecido al club y a la ciudad, donde me quedaré a vivir. Y seré socio del Sporting hasta que me muera", acertó a decir.
Su vida ha estado jalonada de desgracias, que han podido finalmente con su corazón. Le han fallado las fuerzas. Y es que fue primero el fallecimiento de su esposa por cáncer de piel en 2002, a los 42 años. Se quedó viudo, pero se recuperó, aunque siempre, y hasta el final de sus días, ha seguido llevando en el bolsillo y besando antes de cada encuentro la fotografía de su esposa. Y después, también la de su hijo. Porque en 2005, uno de los dos murió en accidente de moto a los 15 años. Pero dijo entonces que el fútbol le ayudaba a "superar situaciones personales dramáticas. La de entrenador es una profesión muy activa, en la que hay de todo menos rutina. Tienes muchas horas para pensar en otras cosas y desviar la atención de los problemas familiares".
Era de los que pensaban que "nunca hay que echar la vista atrás. Hay que hacerlo sólo para ver el lado positivo de las cosas. El futuro está ahí. Pasamos por esta vida muy rápido, demasiado rápido. Hay gente a nuestro lado que nos quiere y necesita y a la que debemos prestar atención".
Aun así, en abril del pasado año recibió otro bofetón, tal vez definitivo. Su padre, Manuel Preciado Salas, falleció atropellado a los 84 años. Entonces, hasta José Mourinho, con el que había tenido varios enfrentamientos, se acordó de Manolo Preciado y le llamó para darle el pésame. "La vida me ha golpeado fuerte. Podía haberme hecho vulnerable y acabar pegándome un tiro, o podía mirar al cielo y crecer. Elegí la segunda opción", declaró poco después. Y aceptó el reto de entrenar al Villareal y devolverlo al Olimpo de la Primera División. Ayer retomaba el sueño. Viajó a Valencia. Pero su corazón se partió.



