Casi todos mis amigos y algún que otro enemigo están siguiendo diversas dietas empeñados en perder varios quilos antes de que llegue el momento de exhibirse en traje de baño.
Es como si fuera una desesperada carrera contra el reloj para estar apetecible en la piscina, la playa o la cubierta de un barco este verano. Ellos, aunque no podrán estar como Brad Pitt y Eric Bana en ‘Troya’, aspiran a tener el vientre lo mas plano posible. Ellas, aunque saben que no podrán rivalizar con Ava Gardner en ‘La Condesa descalza’ o Ursula Andress en ‘Doctor No’, quieren estar delgadísimas.
El otro día, mientras intentaba escribir en la redacción de Telemadrid, escuché cómo tres miembros del equipo de ‘Ahora Marta’ intercambiaban sus experiencias con regimenes diferentes y me di cuenta que lo estaban pasando mal.
Y, no hace mucho, en una cena que presidía la siempre escultural Princesa de Asturias, pude ver cómo Samantha Vallejo-Nágera devoraba todo el pan y el jamón al que le quitaba religiosamente la grasa, ya que está siguiendo la célebre ‘dieta del bocadillo’. Digamos que sólo probó los entremeses y nada de lo que vino a continuación.
Yo debería hacer lo mismo, ya que siempre que me miro en el monitor durante el programa de televisión en el que colaboro dos veces por semana, me asusto con la imagen de mi barriga y la meto instintivamente. Pero me niego a seguir esas dietas de moda, ya que sé por experiencia que el secreto para adelgazar es no comer.
Hace unos años, gracias a la gran Maribel Yébenes, uno de mis gurús particulares, conseguí con sus tratamientos y regímenes adelgazantes, perder siete quilos en un tiempo récord. No aceptaba invitaciones a almuerzos o cenas y comía lo imprescindible en casa. La recompensa fue verme un día sin nada de estómago en el espejo del cuarto de baño del Landa Palace de Burgos. Fue como una revelación: no me reconocía. Gracias a Maribel Yébenes pude salir sin avergonzarme poco después cubierto de chocolate en un reportaje sobre masajes y que incluso los lectores me encontrasen apetecible.
Pero lo malo de las dietas milagrosas es que basta que uno las deje por unos días para que vuelva a coger el peso perdido. La brasileña Dulce Martínez de Hoz, una de las mujeres más elegantes de todos los tiempos a la que sus admiradores esperaban delante del Ritz de Place Vendôme para ver lo que llevaba puesto, decía que lo mejor era comer de todo, pero en muy pequeñas cantidades. Y no probar alcohol jamás. Con eso lograba que los trajes de noche cortados al bies que diseñaba especialmente para ella Madeleine Vionnet le sentaran como un guante.
Y este sería mi consejo también. Las dietas le ponen a uno de muy mal humor y es muy difícil seguirlas cuando se tiene una vida social intensa como suele ocurrir en esta época del año con sus múltiples cócteles y cenas. Y no hay más remedio que perder esos kilos de más y, sobre todo, no recuperarlos, si uno no quiere hacer un gran papelón este verano.





