PERFIL: En la mesa, plato de cuchara: «Llogicament»
El tiempo ha demostrado que Serafín Castellano flota en cualquier tempestad. En el tablero de Risk de la política, una de las estrategias de manual es lanzar antes de hora el nombre de los aspirantes a los cargos con un solo objetivo: quemarlo. La candidatura de Castellano para el número dos del PP valenciano saltó hace semanas. Muchos le fecharon una caducidad inmediata. Uno menos para aspirar a la sucesión, pensaron. Pero la crítica ha sido tan larga en la intimidad para darle cobertura pública que una marcha atrás del presidente del partido, Alberto Fabra, se hubiera entendido como hincar la rodilla en la lona ante rivales menores. Fabra no se ha arrugado y ha noqueado.
Serafín Castellano Gómez (Benissanó, 2 de agosto de 1964), abogado, casado y con dos hijas. Empezó como aprendiz, pasó a fontanero y promocionó para capataz en el partido y en el Consell. Y flotó allá por donde navegó. Ahora, a los 47 años, tras tocar todos los palos de la ferretería popular, le ha llegado su momento. Fabra ha apostado por el nervio. En los diez meses que lleva en el cargo, el líder de los populares se ha dado cuenta de que el partido había caído en una siesta peligrosa de cara a 2015. Antonio Clemente, al que seguro que se le agradecerán los servicios prestados, ha cumplido en ese proceso de transición para dar paso a un perfil más brioso.
Castellano despierta simpatías y antipatías a partes iguales. Hay cargos que no lo pueden ni ver. Y si no que se lo pregunten a Alfonso Rus que, como se suele decir, fuma en pipa. El de Xàtiva ha visto cómo el presidente ha puesto por encima de su cabeza a su mayor enemigo. A Fabra, los consejos, órdagos, advertencias o como se quieran llamar le han dado igual. Desde el congreso de Sevilla, con la inclusión de Susana Camarero en la dirección nacional, se intuía que en Valencia la batalla la tenía ganada, «llogicament», Castellano.
El nuevo secretario general de los populares se afilió en 1988. Empezó en la base, como vicepresidente provincial de los cachorros de Nuevas Generaciones. A partir de ahí se curtió en la política municipal como alcalde de Benissanó (de 1991 a 1999) y sacó cabeza en cargos como la presidencia de la Federación Valenciana de Municipios y Provincias. Desde 1991, y de manera ininterrumpida, tiene carné de diputado en la cartera. En el partido creció como coordinador, vicesecretario y presidente provincial.
Castellano, tras conquistar la alcaldía de su localidad en 1991, fue de los que forjó el triunfo autonómico del PP de Zaplana en 1995. Juró lealtad al líder y su dedicación se premió con el puesto de conseller de Justicia en 1999 en sustitución de Carlos González Cepeda. De ahí pasó a la cartera de Sanidad hasta el final de la legislatura.
En 2003, en aquella transición tutelada (en sus inicios) de Zaplana a Camps, el cartagenero colocó como portavoz en Les Corts a Serafín Castellano para controlar al grupo. Camps quiso volar solo. Castellano, que enredó con la fusión Bancaja-CAM y que cocinó el plante de diputados al presidente en Les Corts con cantos de sirena de moción de censura a Camps, saltó la verja, se tiró a la piscina y, como siempre, flotó en medio de la tempestad.
El Estatuto le encumbró
Su presidente, que ya era Camps, lo convirtió en hombre de Estado al encargarle la reforma del Estatuto valenciano. Lideró la negociación y supo llevar a los socialistas, con Ignasi Pla al frente, al terreno de ser los primeros en presentar en Madrid la modificación de la Carta Magna. La guinda con la que embelesó a Camps fue la recuperación del derecho foral valenciano, que le abrió las puertas otra vez del Gobierno de la Generalitat.
Gürtel, paradójicamente, le salvó la vida mientras empezó la tortura para otros. En plena tormenta de trajes y regalos, a Castellano le salpicó el caso Construcciones Taroncher, una empresa de un matrimonio amigo suyo que recibió adjudicaciones de Sanidad con Castellano como conseller. Si había ejemplaridad debía de ser para todos y el de Benissanó, en uno de sus momentos más difíciles, flotó.
Si en la primera legislatura de Camps fue el Estatuto de Autonomía, en la segunda fue la pleitesía del presidente de Unión Valenciana, José Manuel Miralles, al proyecto del PP la que le blindó. Una promesa de cargo público en la conselleria de Gobernación fue el pacto para que los valencianistas no se presentaran a las autonómicas. El regionalismo quedó neutralizado. En el nuevo Consell de Camps sólo repitieron tres consellers: Sánchez de León, Maritina Hernández y... Serafín Castellano.
Con los calores del verano llegaron los cambios: Fabra por Camps. Un nuevo escenario se abrió en el PP valenciano y la lucha de gallos estaba servida. Rus mantuvo su estrategia de cacaos y olivas en los almuerzos del sábado. Castellano, que muchos creían que lucharía por la provincial cuando el premio ha sido mayor, optó por el camino más corto: Alberto Fabra. Sus más fieles lanzaron el nombre con mucha antelación. ¿Para quemarlo? Ingenuos. Castellano flota.




