En Valencia y cualquier parte del mundo, Helga Schmidt tiene amigos, enemigos y conocidos. La intendente del Palau de les Arts es una mujer que se ha hecho a sí misma. Se ha labrado un nombre, un prestigio, una carrera. Ha trabajado para los mejores y se ha enfrentado con los peores. Ha resistido los envites de unos y de otros. Su actual enemigo tiene nombre y apellidos: situación económica. Al margen quedan los adversarios con rostro humano que, como cualquier persona que ostenta poder y autoridad, también están al acecho.
Los números supeditan el futuro del Palau de les Arts y quizá el de su máxima responsable artística, cuyo sueldo se ha reducido un 60% (hasta los 68.000 euros) como consecuencia de la política de autoridad del Consell. El recorte en el salario de Schmidt fue «sonado», según ella reconoció, pero el ajuste del coliseo operístico no depende sólo de los honorarios la intendente. Las cifras han de cuadrar. Sí o sí.
Para que el balance del Reina Sofía no arroje números rojos, hasta Zubin Mehta se ha apretado el cinturón. El director del Festival del Mediterrani se ha bajado el sueldo un 25%, según pudo saber LAS PROVINCIAS. Y si Lorin Maazel hubiera continuado al frente del Palau de les Arts, también habría sufrido un descenso en los honorarios. Las crisis no discrimina, al menos, dentro del coliseo de Calatrava. Afecta a todas las personas, áreas y partidas.
De la austeridad no se libran ni los artistas contratados. El Palau de les Arts ha fijado un caché máximo para los intérpretes: 18.000 euros. La cifra no es arbitraria ni fruto de la improvisación.
Los tres auditorios líricos de España han acordado tal cantidad. El Liceo de Barcelona o el Real de Madrid, ambos teatros soportan serios problemas económicos, no son menos que les Arts, al menos, a la hora de pagar a las figuras de la ópera.
Schmidt lo dice en las ruedas de prensa: «Aquí se mira hasta el último céntimo». Y lo pone en práctica cada día. Ella fiscaliza los ingresos y los gastos del Palau de les Arts. Recita sin dudar la aportación de la taquilla o de los patrocinadores: 5,3 millones y 2,8 millones, respectivamente. El objetivo de la intendente es trabajar para los dos: el público valenciano y las firmas.
Así, durante la próxima temporada, que aún no está aprobada por el Patronato del Palau de les Arts a falta de que la Generalitat concrete su aportación, se reducen las óperas en versión concierto porque a los espectadores del Palau de les Arts «no les gustan». Como prefieren la piezas escenificadas, en lugar de tres óperas en versión concierto sólo habrá una. Eso sí, dentro del abono se mantendrán cinco títulos porque menos óperas no se conciben aunque sean de carácter más popular.
Contentar a los patrocinadores es más complejo. Les Arts está trabajando en un programa para atraer sponsors porque la marcha de empresas, como consecuencia de la coyuntura económica, se ha de frenar. En el primer año de vida del Reina Sofía 31 empresas apostaron por la música en Valencia. Una cifra hoy anhelada.
En 2008, justo un año después de que el Reina Sofía empezara a navegar por el mar de la ópera, se bajaron del barco cinco firmas valencianas: Ocide, el grupo inmobiliario Onofre Miguel, la empresa Lladró, la firma Llanera y Grupo Roig.
De los 26 patrocinadores de 2008, se ha pasado a las trece firmas actuales. Es paradójico cuanto menos que sean las firmas de la Comunitat las que hayan dado la espalda al Palau de les Arts justo cuando la financiación privada es más necesaria que nunca. La CAM (por motivos obvios), Grupo Boluda (que llegó a ser benefactor en 2007) y la Grupo Nefinsa, entre otros, han dejado en la estacada al auditorio que, sin embargo, continúa contando con el apoyo de Iberdrola, Bancaja, Telefónica, FGV, Autoridad Portuaria de Valencia, Casino Mediterráneo, Mercedes Benz, Fundación ACS, la Caixa, Caixa Cataluña, PricewaterhouseCoopers, Grupo Eulen y Pavasal.



