«Me iré cuando me dé la gana». Arturo Virosque en estado puro. ¡Puñetas! (su coletilla más repetida). La gana le dio el pasado viernes, cuando anunció que no optaría a la reelección como presidente de la Cámara de Comercio de Valencia. Virosque Ortolá, de nombre Arturo como su padre y su hijo mayor, es la segunda generación de una familia de empresarios con raíces en Sedaví forjados a sí mismos.
El 19 de febrero será octogenario (Valencia, 1930). La razón de su adiós: la edad. Virosque aseguró que contaba con el apoyo de muchos empresarios para seguir, pero algunos le habían aconsejado bajar el ritmo. Para Virosque, las medias tintas no existen: «O estoy o no estoy». Y para no estar, adiós.
En la vida de don Arturo no existe el gris. Blanco o negro. O lo amas o lo odias. Como sus declaraciones. Cada palabra ha generado debate. Político y social. Quizá, esta ha sido la virtud de Virosque, que sacó del letargo a la Cámara de Comercio de Valencia, a la que llegó en 1995, pocos meses antes de que Joan Lerma perdiera las elecciones para honor y gloria de Eduardo Zaplana.
En ocasiones excéntrico, imprevisible, este transportista valenciano se hizo empresario por necesidad. A los 15 años, una grave enfermedad de su padre le hizo subirse a la cabina del camión. Los estudios quedaron para mejor ocasión. No podía conducir. Mamó el oficio, kilómetro a kilómetro, en compañía de los chóferes de un negocio familiar que nació en 1930 y que, en 1945, convirtió a un adolescente Arturín en Arturo. No eran tiempos boyantes; época de posguerra.
El patriarca ya ha delegado la gestión en sus hijos Arturo y Carlos. Grupo Virosque inauguró recientemente unas instalaciones en las que papá tiene despacho: «No sé si más grande o más pequeño que el nuestro -señala su hijo mayor- pero sí más importante». No va todos los días, pero Arturo padre se pasa por allí habitualmente a ver cómo va todo. Todo es hasta el último detalle: «Nos interesa su opinión». La de un empresario que retomó los estudios, una vez afianzado el timón de la empresa familiar para cursar Económicas y un master en Administración de Empresas. Y paralelamente, una familia con su esposa, Josefina, que falleció en agosto de 2004, y sus cuatro hijos: Arturo, Carlos, María José y Sofía.
El patriarca de los Virosque es directo. Para su hijo mayor, «una virtud por su nobleza». Tan directo que afirmó que la crisis en España «duraría 20 años, que los jubilados dejarán de cobrar la pensión en 2012 y los españoles tendremos que emigrar en patera». O blanco o negro. Pim, pam, pum, fuego. Lío al canto, algarabía política y el nombre de la Cámara de Comercio de por medio.
Los que le conocen dicen que una de las máximas de Virosque, con rasgos recios, curtidos, bolsas en los ojos y patillas frondosas pobladas de canas, es la reflexión. A pesar de todo, el circunloquio no existe en su diccionario. Digo lo que pienso. Punto. Y lo dicho por Virosque es palabra de don Arturo. ¡Puñetas! Del empresario que cuenta cada vez que va a un acto político. Porque si no está, se comenta su ausencia. Congenió con Joan Lerma, lo hizo con Eduardo Zaplana y con Francisco Camps. Apoyó al presidente del Consejo Superior de Cámaras de Comercio, el ex ministro socialista Javier Gómez Navarro, e invitó al recién llegado a la secretaría general del PSPV, Jorge Alarte, a visitar el nuevo pisito de la Cámara de Comercio en la calle Jesús. Por lo que pueda pasar.
Virosque todavía calcula en pesetas. Ni derrochador ni tacaño. Práctico. Es rico, pero no alardea. Ganó un millón cuando nadie tenía un millón. Pero lo hizo porque supo diversificar su negocio: transporte, grúas, logística, distribución. Renovarse o morir. «Todos los empresarios son arriesgados pero no todos son prudentes. Mi padre es las dos cosas», señala su hijo mayor. El presidente de Grupo Virosque ha progresado con manual básico: solvencia. La misma receta que aplicó a su empresa la exportó a la Cámara de Comercio. Cogió la institución en una situación económica delicada y la dejará con un futuro garantizado -hay quien habla de un colchón de 25 millones de euros-. Junto a la cuenta corriente, un nuevo edificio en la calle Jesús y un centro de estudios en Paterna.
Virosque se va en un momento de crisis económica. La más dura y terrible en décadas. Anunció su adiós el día en el que se conoció que 1,1 millones de españoles se fueron al paro en 2009. El día en que se publicó que el Gobierno quiere retrasar la jubilación a los 67 años y modificar aspectos del sistema de pensiones. El día que pintan bastos para miles de familias valencianas y españolas. Y como el propio Virosque reconoce, el futuro está negro. No hay término medio. ¡Puñetas!
El próximo 14 de abril, Día de la República, se elegirá al sucesor de la monarquía que Arturo Virosque ha implantado en los últimos 15 años en la Cámara de Comercio. Alguien ocupará el despacho en el que manda una foto del rey Juan Carlos -le concedió la medalla de oro al Mérito del Trabajo en 2002- junto con los recuerdos familiares, especialmente de Josefina, la mujer a la que amó más de media vida.
El o la que llegue tiene un reto: convivir con la alargada sombra de Arturo Virosque. Para lo bueno y para lo malo. Tendrá que terciar con una hemeroteca repleta de declaraciones que no han dejado indiferente a nadie.
En primavera, Arturo Virosque podrá disfrutar del balneario de El Palasiet, en Benicàssim, uno de sus rincones preferidos y guarida en muchos momentos, buenos y malos. De su etapa en la junta directiva de la CEOE; de su labor en Bancaja (ahora con un futuro marcado por una posible fusión); en Feria Valencia o en la presidencia (en funciones) del Consejo Superior de Cámaras de Comercio.
Y a partir del 14 de abril, frente a un plato de arroz, su comida favorita, podrá ver en los informativos si el paro sube; si las pensiones están en peligro y si al final, como él mismo dijo, hay quien apunta lo de salir en patera.
Y para merendar, una partida de dominó con los amigos, que le encanta. Allí, entre pito doble y cuatro blanca, comentar el futuro. Lo que es la vida, ha sido y será. Y habrá tiempo para ir a la sede del grupo, para ejercer de patriarca, para aconsejar a los hijos y garantizar la sucesión familiar. Los fines de semana, en casa, en familia, se hablará de la empresa. Del Barreiros, de las actuales góndolas, de las plataformas elevadoras y del hormigón. Para seguir el mito: «Hoy no me levanta ni grúas Virosque». El recuerdo de Arturo no dejará indiferente. Ni para lo bueno ni para lo malo. ¡Puñetas!




