Carmen Pérez, la restauradora, es Carmen Pérez y su equipo: más de ochenta especialistas trabajando en el Institut Valencià de Conservació i Restauració (Ivacor) que ella dirige, que ella levantó de la nada. Como había creado antes la cátedra de Restauración de la Universidad Politécnica de Valencia, de la que sigue siendo titular. «A mí siempre me han tocado estos trabajos de puesta en marcha», afirma entre queja y orgullo.
«Cualquier arte, cualquier época», señala. Me invita a recorrer algunas de las salas donde trabajan los técnicos: la de pintura de caballete, pintura sobe tabla, arte actual, grandes formatos, papel y documento gráfico, arqueología, paleontología, metales, textiles. Y de todas los tiempos. «Un restaurador tiene que poseer conocimientos importantes de Arte, de Historia, de Física y de Química y además ser un técnico y tener una habilidad manual, una percepción.», enumera.
Y paciencia, mucha paciencia. Es un trabajo, el de restaurador, al que Carmen Pérez le pide pasión: «O te apasiona o es insoportable. Es una labor muy dura y lenta, en la que hay que tocar muchos palillos. Pero también es apasionante. Nos encanta y encima nos pagan».
Lo mismo dedican su pulso y su vista a una diminuta miniatura del XIV, que a las gigantescas pinturas de Vergara de Chiva; a la policromía del pequeño San Pere de Castellfort o a las bodegas más antiguas de España, las Pilillas, un yacimiento íbero de hace 2.500 años en Requena, lugar de nacimiento de Pérez.
Viuda del malogrado Constantino Palomino, tuvo un asomo en la política y durante cuatro años fue directora general de Patrimonio Artístico de la Generalitat Valenciana. «Con Villalonga y Camps de consellers, con los cuales trabajé muy a gusto. Pero lo mío es sobe todo la restauración, la técnica».
No todos son alegrías. Se lamenta también de los expolios. Recuerda la restauración de 22 exvotos de Villares del Saz, en Cuenca, en los que los lugareños del XVII daban gracias al santo por haber superado distintos males: el tabardillo (una especie de tifus), el cólico miserere (peritonitis) y accidentes, casi siempre caídas: del carro, del caballo, a un río, a un pozo. Poco después desaparecieron cinco.
Para Pérez, el robo de obras de arte «es como una enfermedad». «Hay un mercado negro con encargos y todo», afirma. Y recuerda que está documentado que desde Morella salieron en un día 20 retablos para Francia, aunque en aquellos tempos era legal.








