Alucinados. Así se quedan los conductores que paran en un semáforo de la calle San Francisco de Borja de Valencia. A su lado se instala una mezcla de showman, hombre orquesta y cartel andante llamado Fernando, un camarero que sale a la arena de asfalto para ofrecer el menú del día, contar chistes y repartir sonrisas «gratis» para todos.
«Hoy tenemos un arroz caldoso, buenísimo y a seis euros, oiga, una ganga anticrisis, pero si no puede parar hoy porque tiene prisa por lo menos le cuento un chiste. ¿Conoce nuestro café mágico?». Y, taza en mano, este prestidigitador de mesa y mantel gasta una broma a pie de ventanilla, seguida de risas y algún claxon del público agradecido.
Lo mejor es que este ejercicio de venta, casi surrealista, funciona. Desde que lleva ejerciendo de jefe de marketing y relaciones públicas del restaurante Soprano no sólo le han llovido ofertas de trabajo de todo tipo y condición. Su desparpajo y buen humor han conseguido reflotar hasta el negocio.
«Antes no venía casi nadie y ahora esto se llena. Mis jefes ya están pensando en ampliar el local y quieren comprar el bajo de al lado», asegura Fernando, afónico pero con orgullo. «Esto lo hago a mediodía y por la noche, todos los días. Para cenar salgo hasta con chaleco antireflectante para que los conductores me vean y no me chafen. Aquí tenemos tapa, tapita y tapón y cubata, cubito... y cubo por si alguien se anima a fregar», dice entre risas.
Este madrileño vino desde Tenerife para trabajar «en lo que fuera», ha sido vendedor en la plaza Redonda, fontanero, obrero de la construcción y «segurata, pero sobre todo camarero. Ahora estoy de pluriempleado. También soy relaciones públicas de un pub. El que me llama, me tiene rápido».
Y Fernando no pierde ripio laboral. «Estamos 'encrisaos' y hay que salir de esto como sea. Desde que estoy en la calle para vender el menú me han llamado de una empresa de telefonía, de una agencia de viajes y me han ofrecido también irme de relaciones públicas... yo siempre escucho la oferta, por si acaso me conviene», matiza con picardía.
Sea con o sin menú, todo el mundo le paga el esfuerzo, como mínimo, con una sonrisa. «Nadie se lo ha tomado mal, la gente se lo pasa pipa y aunque no se queden, todos se van un poco más contentos a casa o al trabajo. El otro día un chófer de autobús aparcó aquí al lado para bajarse a comer y muchos taxistas han vuelto al poco de pasar y se han quedado. Les hago gracia», señala.
El menú de seis euros, con dos platos a elegir y postre o café, se puede combinar hasta con un «vasito de la alegría» a cero euros. «Es totalmente gratis, sí, sí. Cuando me lo pide algún cliente le doy un vaso de plástico para que se lo llene en su casa con lo quiera», afirma Fernando entre risas.
Junto a la oferta del día también se especifica que se puede pagar en el local con «Masti-Card, como debe ser», ironiza este camarero sin vergüenza. «El otro día les gasté la broma de la taza de café que está a punto de caerse a dos policías y se partían de la risa. Yo es que, además de trabajar, me divierto, ¿qué más puedo pedir?», señala Fernando mientras sus jefes, procedentes de Costa de Marfil y Escocia, lo miran casi con el mismo asombro que los conductores. Aunque son de pocas palabras aseguran que no tienen queja de Fernando, que compensa el escaso castellano de sus mecenas con labia a mansalva. «Con lo que hablo yo, ya hay más que de sobra». Y de nuevo cambia el semáforo. «Señora, ¡qué lentejas tengo hoy!».












